Padre Daniel María Herrera Pérez, O.S.A

Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de esta Muy Ilustre, Antigua, Venerable, Franciscana Hermandad y Cofradía de penitencia del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora de la Soledad, queridos jóvenes cofrades, hermanos todos en Cristo Jesús, paz y bien:

El centro de la vida cristiana es la liturgia, y el centro de la liturgia el Santo Sacrificio del Altar. La Santa Misa, lo aprendemos en el Catecismo, no es un mero recuerdo nostálgico del pasado. La celebración y la participación en el sacramento del altar que se prolonga en la manifestación del Santísimo para la adoración de los fieles, es lo más opuesto a lo que sucede cuando contemplamos, con una mezcla de gratitud y de tristeza, una fotografía del pasado en la galería de nuestros teléfonos móviles. Se trata de dos acciones de naturaleza totalmente diversa.

Más bien, así lo confiesa la Iglesia y explican sus doctores este aspecto del misterio, como buenamente pueden, se trata de algo así como la puesta en marcha de una máquina del tiempo que traslada lo acontecido en el monte Calvario a nuestro hoy, al instante en que participamos de la Misa, o más bien una puerta mediante la cual y a través de la sagrada liturgia, somos nosotros los que nos trasladamos a los pies del Gólgota, no para ser meros espectadores, pasivos asistentes del drama que se representa, sino para participar de este santo ofrecimiento con un saludable resultado, en una palabra, para acceder al don de la Redención.

Pero la Misa no es la única manifestación de la liturgia cristiana, es decir, del modo en que la Iglesia entera se une a Cristo, Sumo Pontífice de nuestra fe, en el ejercicio de su sacerdocio eterno en favor nuestro. También con nuestras palabras hemos de tributar a Dios el sacrificio de alabanza. El rezo de estas Vísperas solemnes participa del movimiento sacerdotal en el que tomamos parte del ofrecimiento de Cristo al Padre por la redención de los hombres, de esta fuente de vida, de este agua que brotó junto con la sangre del costado abierto de la cruz. Una sangre que con desigual suerte roció a los dos ladrones, crucificados junto al Salvador.

A pesar de ser los dos compañeros de Cristo en el suplicio, sin embargo, no fueron por igual compañeros suyos en el gozo eterno. Quisiera que nos fijásemos ahora en aquel a quien invocamos como el Buen Ladrón. El Buen Ladrón es un testigo maravilloso del Amor Misericordioso de Cristo, un audaz bandido que con su confianza hizo violencia a las puertas del Paraíso, y así entró en él. La confianza, y únicamente la confianza, fue la puerta por la que accedió a acoger el perdón que el Señor le ofreció, y por la que entró a poseer, de la mano de Cristo, el Paraíso. Para confusión y oprobio del mal ladrón que unió su causa para siempre a la de los demonios en el infierno.

Pocos como el Buen Ladrón, exceptuando a nuestra Madre la Virgen y a San José, puede ser para nosotros, un ejemplo y admirable maestro de en este arte del discernimiento cristiano del que hablábamos ayer, discernimiento del que la Vera Cruz es su criterio y medida últimos. En el Buen Ladrón contemplamos el primer fruto de la Cruz de Cristo, oferta de misericordia y salvación universal.

Aquel «ladrón arrepentido» por su confesión de fe en el Crucificado, ha sido desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días y por generaciones un testigo incomparable de la misericordia, del perdón, y de la salvación de Dios que penden de la única que merece ser llamada Vera Cruz, un ejemplo admirable de aquella audacia de la fe que permite al hombre recibir la salvación, y un motivo de gozosa esperanza para nosotros que nos reconocemos pecadores, que conscientes del poder del pecado y de nuestra fragilidad humana experimentamos, como el Buen Ladrón, el Amor Misericordioso de Cristo Crucificado, y anhelamos escuchar como él, el día que se nos llame a rendir nuestra vida ante el Altísimo, la misma promesa de salvación que el ladrón arrepentido recibió del Santísimo Cristo en la Vera Cruz: «Hoy estarás tú conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43).

Quisiera terminar esta predicación con unos versos de un antiguo himno litúrgico francés que honran este misterio del Buen Ladrón, ganado por la Vera Cruz para el cielo:

Es el día que devolvió la fe a los extraviados,
e iluminó con la vista a los ciegos,
el perdón concedido al ladrón
liberó a todos del peso del temor.
El ladrón, cambiando la cruz en premio,
con un súbito acto de fe ganó al mismo Señor Jesús,
y, hecho justo con paso más veloz,
llegó el primero al reino de Dios.
Hasta los ángeles se sorprenden de este hecho extraordinario,
viendo al reo, castigado en el cuerpo crucificado,
obtener la vida bienaventurada,
estrechándose a Cristo.
¡Misterio admirable!,
La carne de Cristo lava la corrupción del mundo
y cancela los pecados de todos,
purificando los vicios de la carne.
No hay nada más sublime que este misterio:
la culpa busca el perdón,
el amor libera del miedo.
La muerte de Cristo vuelve a dar una vida nueva.
La muerte picó también su propio anzuelo,
y quedó cogida en sus propios lazos:
si Cristo, vida de todos, muere,
de todos resurge la vida.

Dice san Juan Crisóstomo que “la Cruz no sólo no empequeñeció a Cristo, sino que lo volvió más resplandeciente”. No seamos tan necios como para empequeñecer a Cristo apartándolo de la Santa Cruz. Acojámonos más bien a la intercesión de este Apóstol de la Vera Cruz, el Buen Ladrón, su primer y mejor beneficiario. Él puede, sin duda, enseñarnos a no separar nunca a Cristo de su Cruz, al Esposo de la Esposa para recibir la vida que esta unión engendra.

Si Cristo, vida de todos, muere, de todos resurge la vida. Amén.

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