Este dato es prácticamente desconocido y fue durante un paseo por las dependencias del convento cuando Miguel Ángel Castellano Pavón indicó la existencia de dichas piezas cerámicas. Estudiadas estas por García Portillo, se pudo encontrar el patrón original y el dibujo que presentarían originalmente.

Así pues, la capilla de la cofradía dispuso en dicho lugar de unos azulejos que podríamos
identificar como de los más antiguos existentes en la ciudad. Estos fueron fabricados en
Triana, lo cual no resulta extraño debido a la llegada de los frailes procedentes de Sevilla.

Hoy día permanecen en cierta cantidad tras las molduras de madera que recubren el zócalo
de la sacristía.

Esta técnica decorativa estaba plenamente implantada en el siglo XVI, siendo original de la anterior centuria. Sobre la losa de barro se procedía a presionar con un molde hasta dejar el dibujo realizado y más tarde se rellenaban las distintas superficies con diferentes colores. Ha de tenerse en cuenta la complejidad de esta operación ya que el color original que se daba a las piezas no se parecía al color final que estas adoptaban debido a las
diferentes cocciones que se realizaban sobre los azulejos. Esto evidentemente requería una
pericia adicional ya que había que identificar color original con color de salida.

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