Padre Daniel María Herrera Pérez, O.S.A

Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de esta Muy Ilustre, Antigua, Venerable, Franciscana Hermandad y Cofradía de penitencia del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora de la Soledad, queridos jóvenes cofrades, hermanos todos en Cristo Jesús, paz y bien:

Quisiera agradecer la invitación a predicar este quinario que, al inicio de la Santa Cuaresma, marca ya nuestro camino expiatorio y orienta la vivencia de este tiempo litúrgico de penitencia. La he aceptado con sencillez y gratitud. Soy consciente de mis limitaciones y no pretendo esconderlas ingenuamente pues ellas dicen mucho y bueno no de mí, sino de esta Hermandad, al tiempo que permite a este inexperto sacerdote ejercitarse en el difícil arte de la escucha, el discernimiento y la docilidad a la voz de nuestro buen Dios.

Desde el Miércoles de Ceniza la Iglesia entera se ha recogido con sobriedad, se ha retirado a su interior, y nosotros con ella, para evitar distraernos de todo aquello que no es fundamental en nuestra vida de fe. Dirigimos así desde el pasado miércoles, invitados por la Madre Iglesia, la mirada al Sagrado Triduo Pascual, del Jueves Santo al Domingo de Resurrección, triduo sacro cuyo centro ocupa el Viernes Santo cuyos acontecimientos anuncia con belleza y profesa con fidelidad cada Lunes Santo esta venerable y antigua Hermandad realizando contrita estación de penitencia y manifestando públicamente su fe en las también muy antiguas calles de Cádiz.

Queridos hermanos de la Vera Cruz… ¡ojalá que pronunciar u oír juntas estas dos palabras provoquen el vuelco de vuestro corazón, tanto como provocó el vuelco del mío mientras redactaba estas páginas! Hablamos de la Vera Cruz, porque nos remontamos a las sagradas reliquias de la Cruz del Divino Salvador, de su providente invención y del consuelo que la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo ha procurado a tantos través de sus reliquias y representaciones por siglos y siglos.

Permitidme que hoy, a modo de introducción a los distintos temas de los que quiero hablaros en estos días, os presente dos acontecimientos diferentes, históricos los dos, más lejano en el tiempo uno y contemporáneo a notros el otro, que tienen a la Cruz de Cristo por principal protagonista con desigual desenlace. Lo dijo el anciano Simeón cuando vio al pequeño Salvador, este será levantado como signo de contradicción, para caída y elevación de muchos.

El primero aconteció, tal como relatan las crónicas, tres siglos después de la Redención. Me refiero a la Batalla del Puente Milvio que, decidiendo la suerte de la religión de la Cruz, enfrentó a Constantino con su rival Majencio, marcó la derrota de este último y la victoria del cristianismo sobre el ya agotado y decadente mundo pagano. Luego de una dura campaña de casi dos años de duración, Constantino y sus fieles finalmente llegan a la ciudad eterna donde Majencio se refugiaba protegido por miles de soldados.

Eusebio de Cesarea, el obispo historiador, cuenta que es en este momento cuando Constantino marchando junto a sus hombres levantó la vista y observó que, por encima del Sol, se alzaba el crismón, el monograma de Jesucristo. Debajo se leían las palabras «Εν Τούτῳ Νίκα», in hoc signo Vinces, «con este signo, vencerás». Narra Eusebio que esa noche se le apareció Cristo en sueños y le dijo que debía emplear ese signo en la batalla para triunfar sobre sus enemigos. Constantino mandó poner el signo de la visión en las águilas, los estandartes de las legiones y en los escudos de sus legionarios.

Una primera gran victoria de la vera Cruz. Recordemos que a principios del s. IV la fe cristiana era todavía una religión despreciada y perseguida, considerada como una “atea superstición”, en todo el Imperio. Perseguida primero por los judíos y luego por los diferentes emperadores que, enemigos de la cruz, encarcelaron, torturaron y condenaron a las más horrorosas muertes a miles de hombres, mujeres y niños por confesar la fe verdadera.

Ahora, en cambio, y por primera vez en la historia, un ejército marchaba a la batalla bajo el estandarte del Dios de aquellos a quienes hasta ese momento habían perseguido como enemigos de Roma. Gracias a lo acontecido, conocemos la historia, tan solo un año más tarde, el emperador Constantino promulgará el “Edicto de Milán” legalizando en el Imperio la religión cristiana. La Cruz ha triunfado, y Occidente ha sido ya ganado para Cristo. La sangre de los mártires ha sido fecunda. El grano de trigo ha dado mucho fruto.

Demos un salto ahora a nuestros días, un par de meses atrás. Situémonos en un colegio concertado, de monjas. Se decide abrir un oratorio abierto a los estudiantes y sus familias, a profesores y personal de administración y servicios. ¿Saben qué es lo primero que pide el equipo directivo? Que la capilla no tenga Cristo Crucificado ni Cruz alguna. No ya que no presida el oratorio, sino que este no cuente con Cruz alguna. ¿Por qué? Para evitar el trauma que puede suponer que una imagen “tan sádica y cruel” permanezca accesible la contemplación de los estudiantes.

Queridos hermanos, y esta es la idea madre que quisiera subrayar hoy, la crisis que vive nuestra sociedad y de la que participa la Iglesia, procede de haber desterrado de nuestras vidas la Vera Cruz con su saludable significado, de haberla condenado al ostracismo.

La Cruz es señal del cristiano, lo aprendimos de pequeños en el catecismo, porque en ella está condensada todo el amor salvador de un Dios que no se echa atrás ni se rinde ante nuestro pecado, más aún, que se sirve de nuestras transgresiones y traiciones, para expiar nuestras culpas y derrochar su misericordia con nosotros. No, hermanos, a nadie puede traumatizar la contemplación del más fuerte signo del amor de Dios. Más aún, es de esta contemplación de donde sacaremos consuelo y fortaleza, encontraremos nuestro descanso en el abrazo del Padre Eterno.

La Cruz de Cristo es signo de salvación y de vida, lo fue en la batalla del Puente Milvio y lo será por los siglos venideros para quienes se atrevan a levantar la mirada a Cristo Crucificado que se ofrece por nosotros y nos obtiene por su obediencia al Padre la paz y el perdón de nuestros pecados.

Termino invitando a todos a hacer nuestra la heroica profesión de fe en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo de un obispo occidental, San Martín de Tours: “Si mi fe se interpreta como miedo, que mañana me coloquen sin armas delante de las avanzadas. En el nombre del Señor y con el signo de la Cruz por toda defensa, atravesaré sin temor los batallones enemigos.” También nosotros, con el signo de la Vera Cruz, venceremos. Esa es nuestra certeza en esta Cuaresma y para siempre, la que jamás podrán arrebatarnos. Que así sea.

Compartir