Padre Daniel María Herrera Pérez, O.S.A
Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de esta Muy Ilustre, Antigua, Venerable, Franciscana Hermandad y Cofradía de penitencia del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora de la Soledad, queridos jóvenes cofrades, hermanos todos en Cristo Jesús, paz y bien:
Hemos llegado al final de este quinario. Quisiera acabar estas breves reflexiones, pronunciando las últimas palabras en el mismo sitio donde hemos plantado nuestra tienda todos estos días, en el Gólgota, en la cima del monte Calvario.
Y allí, desde la contemplación de la Vera Cruz, flanqueada de bandidos, y custodiada por la Soledad de la Santísima Virgen abrir el oído del corazón para hacer memoria de aquellas dulce palabras del Salvador: “Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.”
¿Qué es lo diferencial cristiano? ¿Qué nos debe distinguir del resto de las personas, buenas, nobles, honestas y tal vez no tan buenas, nobles ni honestas, junto a quienes compartimos el don de la vida, pero no el de la fe? Todos diríamos que el amor. Es lo específico de nuestra fe, el amor.
A los políticos, del signo que sean, les encanta esgrimir este argumento tan manido del amor contra la Iglesia y su moral. De vez en cuando hasta se atreven a erigirse en portavoces e intérpretes del Evangelio. También en nuestras comunidades y grupos de fe, cofradías y hermandades y en cualquier parroquia católico se responde del mismo modo a la misma pregunta: Lo propio del cristiano es el amor. El que ama es el discípulo de Jesús. Odiar es, en cambio, propio de los demonios. Lo saben contestar así los niños de catequesis de cualquier nivel y los adolescentes que todavía cursan religión en los colegios e institutos, quienes a cualquier pregunta sobre religión que se les dirija responden invariablemente: el amor.
Parece que lo tenemos claro. ¿O no tanto? De la palabra “amor” se abusa constantemente. Por “amor” se justifican crímenes, maltratos, violencias físicas y verbales y todo tipo de egoísmos. En nombre de Dios y de su amor se cometen atrocidades como las que sufren nuestros hermanos en Siria y en tantos otros lugares donde los cristianos son perseguidos bajo consignas religiosas. Y también en Europa. Pensemos en el viejo lema del movimiento hippie: Haz el amor y no la guerra, entendiendo por amor únicamente el sentimiento subjetivo y el placer físico desvinculados de la verdad y la responsabilidad propias del ser humano.
En definitiva, que personas individuales e instituciones públicas utilicen la palabra amor de cualquier manera no debe sorprendernos, al menos no excesivamente. El diablo trabaja así lanzándonos su mortal anzuelo: toma una palabra justa, una idea verdadera, un elemento bueno y lo pervierte, nos hace picar el anzuelo y una vez mordido, nos saca a la superficie para que muramos por asfixia. Tiene gran habilidad en travestirse, en disfrazarse convincentemente en ángel de luz, según la enseñanza de san Pablo.
La Iglesia, dulce madre y maestra exigente, tiene larga experiencia en el arte de desenmascarar a este impostor y obligarlo, con el poder de Cristo Crucificado que ella administra, a desnudar su maldad y retirarse a su infernal soledad.
Venimos diciendo estos días que el criterio último del discernimiento cristiano es la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, pues bien, lo es porque solo la Vera Cruz es el crisol del amor auténtico. Es la Cruz la medida y garantía del amor cristiano. Este es el punto sobre el que quisiera llamar la atención en esta última predicación: En la Iglesia, entre cristianos de pie y también entre valerosos cofrades, este diabólico engaño que expuse antes reflejado en el mundo laical, también nos seduce. ¿Se acuerdan de la anécdota del colegio de monjas del que hablé al inicio del Quinario? Podríamos poner algunos ejemplos más y todos cercanos a nosotros.
Nuestra religión, decimos con harta razón, es una religión de paz y amor, pero a partir de aquí, abusando de tales palabras e interpretándolas con una lógica distinta a la de la fe, que es la lógica de la cruz, acabamos defendiendo neciamente la cobardía y la tibieza. Y lo cierto es que allí donde los cristianos no actúan, otros poderes distintos con otras concepciones antagónicas ocupan el escenario público.
Amar, en su auténtico significado, el que Cristo ha revelado sobre el Calvario, no significa, hermanos, ponernos al servicio del propio ego ni del ego de los otros formando en vez de una Hermandad con una auténtica vida de familia, una mera armonía de egoísmos yuxtapuestos. La vida de la cofradía ha de estar configurada por sus fines propios, sin duda, pero puesta al servicio del desarrollo más auténtico de lo que las personas que la integran son, algo que incluye, obviamente, sus almas, y dirigiéndolas a su fin último, la salvación, la vida eterna con Dios.
Por eso, el católico no habla de un amor vago, sentimental, abstracto… Habla del amor que los griegos llamaron agapé, un amor que es don y entrega, que incluye el sacrificio y que no mira a la propia satisfacción. Es el amor que Cristo ha mostrado en la Cruz de manera excelente y del que, con su Espíritu, nos hace participar. El amor de caridad, el amor como virtud teologal, el amor que levanta la Vera Cruz es tan grande y excelente, que nuestros pobres y cortos amores no son sino su tenue y pálido reflejo.
Ya podemos retornar a nuestra pregunta, puesto que en la Cruz de Cristo encontramos la respuesta. Lo sabían nuestros mayores. Cuando en la catequesis antigua se les preguntaba: ¿Cuál la señal del cristiano? Y respondían no el amor sino la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Eran sabios nuestros mayores al proceder así. Es el único modo de acertar. El centro de la vida de la Iglesia es y será siempre el misterio pascual: Cristo levantado el alto, signo perpetuo del amor más grande.
Es este amor teologal el centro del cristianismo porque el centro de la fe cristiana es y será siempre Cristo muerto, crucificado y resucitado que muestra con su obediencia, un amor más fuerte que la muerte y, un amor que tiene un orden que debemos respetar: a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo según la medida del Corazón de Cristo Jesús atravesado en la Santa Cruz.
Que la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de la Soledad, nos obtenga de su Divino Hijo el perdón de nuestros pecados y que nosotros, hermanos, no caigamos en la trampa seductora de abrazar un amor distinto al que muestra el Santísimo Cristo de la Vera Cruz. Amén.

