“Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependi; Venite adoremus”
Rubén J. Virués Gómez
Director Espiritual
Un año más esta Venerable Hermandad ha celebrado su piadoso Quinario, en el que hemos alzado no solo la mirada ante su bendita imagen sino sobre todo el corazón, a la luz de las lecturas, los ejercicios de piedad y las palabras del padre predicador van asentando bases para ese deseo de conversión, que no cualquiera, sino el mismo Espíritu sus cita en nuestro interior.
El hecho de la Transfiguración es un acontecimiento clave en la que Cristo muestra su divinidad. Aunque solo lo viven presencialmente los 3 discípulos, Pedro, Santiago y Juan, tras la Resurrección, sería una experiencia que compartirían en el grupo apostólico.
Casi al inicio de la Cuaresma brilla esta luz esplendente, que antecede a la del Cristo Resucitado y al mismo tiempo, escuchamos esa Voz del Padre: “este es mi Hijo Amado, escuchadle”. Sin duda, el Señor trataba de alejar de aquellos corazones amigos, de sus discípulos, el escándalo de la cruz, y hacer que la ignominia voluntaria de su muerte cruenta, no pudiera desconcertar a aquellos que luego deberían ser testigos de su Presencia, de obras y palabras, de su Reino.
Los lleva a un monte alto. El Tabor. En la antigüedad era también en un monte donde Dios se manifestaba, sobre todo a Moisés, y dio la Alianza del Sinaí. Allí Dios se ponía en contacto con su pueblo y mostraba su voluntad. En el Tabor, se muestra el complimiento de esa Ley y la voz de los profetas, que confirman, ratifican que su culmen acontece en Cristo, el Hijo Amado. Incluso la nube, que era signo de la Presencia de Dios, también acontece en el Tabor, para ser más completa esa teofanía trinitaria y que llena a los discípulos de estupor.
Sin embargo no será en el Tabor donde se de la Nueva y definitiva Alianza. Este monte nos transporta a otro aún más elocuente y trascendente: el monte Calvario. Allí no habrá una voz, sino gritos y blasfemias, allí no habrá nube, sino presencia de algunas mujeres y uno solo de los discípulos, allí no habrá luz sino todo lo contrario, tinieblas y oscuridad hasta media tarde; aquello será… el escándalo de la Cruz.
Y sin embargo allí Jesús, será ofrecido como Cordero y Victima inmaculada, dando cumplimiento en su carne y en su espíritu a todas las antiguas profecías. Será en aquel monte, donde firmaría la definitiva Alianza, Dios con los hombres; allí nos dejaría en testamento su entrega final “cons umantum est”…dirá san Juan de Ávila “no parece Señor, que vayas a la cruz sino a desposorio; aun a pesar del dolor por la grandeza del amor que nos tenías, no mirabas tu dolor sino nuestro remedio, no tus Llagas sino a la medicina de nuestras animas enfermas; este amor te hace morir tan de buena gana que te hizo ir desnudo y colgado en la cruz, hecho escarnio del mundo…¿Cómo te pagare, Amado mío, este Amor?”
El Tabor fue sin duda, una preparación para vivir aquel acontecimiento de la Pasión. Nosotros vivimos en la oscuridad de la fe; en nuestro caminar necesitamos momentos de “tabor” que nos hagan presente a Aquel que camina con nosotros, Aquel que sostiene nuestras cruces…Aquel que nos enseña como veraz Maestro. Y en ese acontecer vislumbramos que todo tiene sentido desde Cristo y que su luz, nos va transfigurando y encaminando a ese encuentro final.
Contemplar por tanto este Rostro rasgado y llagado del Jesús de la Vera Cruz, es anhelar poder un día contemplarlo glorioso y victorioso. Es meditar que el camino hacia la Gloria pasa por la cruz. Por eso nuestro recorrido cuaresmal debe anclarse en la oración. Y nuestra obediencia a escuchar siempre la Voz del Hijo, nos llevara a descubrir ese mismo rostro sufriente en aquellos con los que El se identificó: “cuando lo hicisteis con aquellos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”.
Demos muerte a la vanidad, el orgullo, la falta de perdón, como dice san Pablo “transformaos en la mente “para que esa nueva humanidad cuyo paradigma es Cristo el Señor, resplandezca en nuestro modo de vivir.
Que santa María de la Soledad, acompañe este recorrido cuaresmal y en medio de las vicisitudes, gocemos de su compañía, que nuestra vida cristiana sea más fecunda y juntos nos ayudemos a transfigurar este mundo que deber ser iluminado por la claridad del amor de Cristo. Que así sea.

