Padre Daniel María Herrera Pérez, O.S.A
Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de esta Muy Ilustre, Antigua, Venerable, Franciscana Hermandad y Cofradía de penitencia del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora de la Soledad, queridos jóvenes cofrades, hermanos todos en Cristo Jesús, paz y bien:
Vamos llegando al final de nuestro solemne quinario y, como en otros ámbitos acostumbran a hacer los buenos artistas, dejamos lo mejor para el final. Después de haber considerado estos días anteriores la centralidad de la Vera Cruz de Nuestro Señor Jesucristo en la vida cristiana, la importancia del discernimiento para reconocerla, aceptarla, abrazarla y cargarla sobre nuestros hombros, a través del vía crucis hemos subido hasta el monte Calvario, como Simón de Cirene, hasta aquel monte sagrado en cuya falda descansa la calavera de nuestro padre Adán a la espera de ser purificada por la sangre bendita del Redentor, crucificado ahora como un malhechor entre dos bandidos. Es una escena ciertamente conmovedora que actualizamos en la liturgia de la Iglesia y que da sentido y valor a cuanto vivimos los cristianos en la sencillez de nuestra vida ordinaria.
Hemos llegado al Gólgota. Al pie de la Cruz, está María, su Madre, la Madre de nuestro Salvador. Ella, su dolor, sus lágrimas, su corazón traspasado y su soledad ante el Hijo crucificado, nos abren horizontes a los que, por su grandeza, hemos de volver una y otra vez. Sin echar la vista atrás. Si el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros como escribe el discípulo amado, los hermanos de la Vera Cruz plantan su morada en este monte de salvación, desde ayer es esta montaña santa el escenario de nuestra piedad. Hasta aquí hemos subido y aquí queremos morar.
Ahora bien, una vez llegados al Calvario, nuestra mirada se detiene principalmente en la imagen de la santísima Virgen, en su conmovedora soledad. Ella fue en un cierto sentido verdadera coautora de lo que allí sucede y nosotros, Hermanos de la Vera Cruz, hemos de participar en esta muerte de cruz del Señor Jesús de manera semejante a cómo lo hizo la santísima Virgen.
¿Cómo lo hizo la Virgen, Nuestra Señora de la Soledad? ¿Cómo está ella al pie de la cruz? Son las preguntas que hemos de responder esta tarde. Preguntas que tienen respuestas entrelazadas e interdependientes:
María participó en primer lugar, con palabras del P. Kentenich (cf. Vivir la Misa todo el día) como testigo fuertemente interesado; como co-oferente cabal y, en tercer lugar, como co-víctima heroica. Digamos una palabra de cada una de estas tres respuestas:
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María participó del misterio de la Cruz como testigo fuertemente interesado:
Al pie de la Cruz, la Santísima Virgen María se confiesa partidaria de Cristo. Resuenan las palabras del Evangelio: “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. Al que hable contra el Hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir.»” (Lc 12,8-12).
Ella cree con fe ardiente que es el Dios-Hombre quien, elevado hacia lo alto y movido por la voluntad del Padre, se ofrece a Él para la redención del mundo. Ahora bien, si ella está allí, no lo está sólo como lo están tanto otros espectadores, ella no es una mirona, no es una curiosa, no sólo está mirando lo que allí pasa. No es presa del morbo por el dolor y la desgracia que llenan nuestros telediarios y periódicos. ¡Claro que no! Lo suyo, visto sólo exteriormente, es ya un acto heroico. María, permaneciendo en pie, sin esconderse como muchos de los antiguos seguidores de su Hijo, ¡se confiesa partidaria de Cristo! La rodeaban los enemigos de su Hijo, muchos de ellos antiguos amigos suyos. ¿Y ella? Ella y quienes ella reunió bajo la Cruz, san Juan y las piadosas mujeres, todos fueron fieles al Señor, creyeron en él, creyeron en su misión, creyeron también en la tremenda importancia salvífica de lo que acontecía. Ella bien sabía que no era un mero accidente aquello que con dolor contemplaban y de lo que con dolor participaban.
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María vivió el misterio de la Cruz como co-oferente cabal:
¿Cómo toma parte la santísima Virgen en este misterio? ¿De qué modo estaba al pie de la cruz? ¿Lo hacía solamente como espectadora interesada? ¡Claro que no! Ella misma también ofrecía a su Señor al Padre y se ofrecía juntamente con Él. Es casi como si ella, en cierto sentido, fuese sacerdote, co-sacerdote, tal como nosotros bautizados debemos serlo.
El Señor se ofrece a sí mismo según los deseos del Padre y yo también ofrezco con fe al Señor, aquí presente sobre el altar y que cuelga de la cruz en forma misteriosa, al Padre de los cielos, es el misterio de la divina liturgia. Lo hizo también y muy dignamente la santísima Virgen en la soledad de aquellas horas.
Se expresa en forma muy clara y evidente en la sagrada escritura: “Stabat”. Ella permanece. No huye. María se queda. Ella estaba junto la Vera Cruz en forma creyente. Pero no sólo creyente, sino consciente del gran misterio que allí se desarrollaba, comprometida con el querer del Padre. De acuerdo con la voluntad del Padre Dios, también tomó parte en lo que movía interiormente al Señor. Él se ofreció a sí mismo y ella se involucró en esta intención; ella se co-ofreció con el Señor abriendo la senda del ofrecimiento para todos sus hijos. Y este ofrecimiento, este co-ofrecimiento significó para la santísima Virgen un sacrificio ingente.
Lo expresan aquellos versos bien de nosotros bien conocidos:
Virgen de la Soledad:
rendido de gozos vanos,
en las rosas de tus manos
se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
en tu pecho sin aliento,
la mañana del portento,
tus manos fueron, Señora,
la primer cruz redentora:
la cruz del sometimiento.
(José María Pemán, A la Virgen de la Soledad)
Contemplando este sacrificio puro, de Madre e Hijo, tan lleno de amor, tan completo, también queremos como familia de la Vera Cruz ser en ella ofrecidos, entregados por entero, por y con nuestro Cristo, al eterno Padre, participando con nuestro espíritu de entrega en el espíritu de entrega que anima al Salvador. Que nuestro amantísimo titular, el Cristo bendito de la Vera Cruz, se apiade de nosotros, y que su Madre que no despreció adoptarnos al pie de la Cruz, interceda hoy por nosotros como sabemos que lo hará cuando seamos llamados al justo tribunal de su Hijo. Amén.

