Padre Daniel María Herrera Pérez, O.S.A
Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de esta Muy Ilustre, Antigua, Venerable, Franciscana Hermandad y Cofradía de penitencia del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora de la Soledad, queridos jóvenes cofrades, hermanos todos en Cristo Jesús, paz y bien:
Ayer, relacionando dos acontecimientos tan distintos como la batalla del Puente Milvio y la visión del crismón de Nuestro Señor con la lamentable petición acontecida un par de meses atrás, de habilitar en un cole concertado, de religiosas, un oratorio católico sin Cristo crucificado ni representación alguna de la Cruz, concluíamos que la única manera de poner fin a la crisis general que vive nuestra sociedad antaño cristiana y hoy neopagana, de la que este hecho no es más que una nimia pero elocuente expresión, y de devolver así la cordura y el sentido común a nuestras vidas personales y familiares, el único camino realmente transitable es la vuelta humilde, contrita y confiada a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, a la única cruz que sana y salva.
Claro que para eso -este es el punto que subrayaría esta noche, es necesaria la entrada en el difícil arte del discernimiento cristiano, cuya centralidad e importancia se predicaba en la Iglesia mucho antes de que el discernimiento jesuítico monopolizara este asunto en la Iglesia católica con un, digámoslo así prudentemente, desigual resultado.
La raíces de este discernimiento son bíblicas, no tenemos duda alguna, las ofrece san Pablo, el Apóstol de las Gentes, cuando escribe a sus hermanos de Filipo: “Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros. Porque muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas.” (3, 17-21).
Reparad en una cosa, hermanos, san Pablo habla a cristianos sobre otros que, a su vez, también lo son o, al menos, se dicen cristianos. De ahí la dureza de sus palabras y el dolor que de ellas emana, porque cristianos, con los que Pablo ha estado y que conoce bien, viven como enemigos de la cruz de Cristo y se dirigen nada menos que hacia lo que el Apóstol llama la perdición.
No dejemos caer este acontecimiento al pasado. La Palabra de Dios no es una lectura de entretenimiento, ni siquiera es una reflexión moral. La Escritura cuando se proclama es salvación en acto, fuerza de Dios que nos arranca de la tibieza y nos interpela.
Tendríamos que aceptar la interlocución de san Pablo y preguntarnos nosotros con sencillez y sin miedo a llegar hasta la verdad que nos habita:
¿Podría ser que un cristiano de nuestros días, que un cofrade de la Vera Cruz de Cádiz, que uno a quien llamamos hermano (y lo es) viviese como enemigo de la Cruz de Cristo? ¿podría ser – Dios no lo quiera – que yo que os hablo o que alguno de entre vosotros que me escucháis esta tarde viva de espaldas al Señor Crucificado?
Es este un discernimiento que no podemos omitir, no podemos pasar por alto la pregunta ni podemos tampoco tomarla como referida a otro. San Pablo nos interpela personalmente y por nuestro bien, que debíamos ser sumamente cuidadosos en su respuesta. Y, sobre todo, honestos. No nos va en ello un aplauso más o menos, un cargo o un puesto de honor en la estación de penitencia, sino que nos va en ello la salvación eterna, el poder llegar un día a contemplar cara a cara al Cristo cuya imagen veneramos ya en la tierra con toda la reverencia y dignidad que nos es posible.
Esta conciencia de san Pablo permaneció viva en la Iglesia hasta nuestros días. Hay, al respecto, un elocuente testimonio, un antiguo apotegma de los Padres del Desierto, protagonizado por san Antonio Abad, que dice así:
Dijo el abba Antonio: «Viene el tiempo en que se enloquecerán los hombres, y cuando vean a uno que no está loco, se volverán contra él, diciendo: “Estás loco”, porque no es semejante a ellos».
Hermanos, el mundo ha divorciado a Cristo de su Cruz. El Esposo y la esposa han sido separados. Es por esto que se nos reputa por locos, que no pueden entender nuestro discernimiento, porque en lo alto del monte Calvario no hay fama, no hay dinero, no hay placer: Solo Cristo Crucificado, levantado en alto, atravesado por amor. Él es el criterio supremo de discernimiento, es por Él y para Él que acogemos las palabras de Pablo y damos la espalda a la necedad de nuestro tiempo que no sabe las dulzuras que el árbol de la cruz esconde para sus amantes.
Termino con las palabras de uno de esos grandes amantes, san Luis María Grignion de Monfort: “Si, pues, el menor de los dolores del Hijo de Dios es más valioso y debe conmovernos más que si todos los ángeles y hombres hubieran muerto y sido aniquilados por nosotros, ¿Cuál no debe ser nuestro dolor, agradecimiento y amor para con El, ya que padeció por nosotros cuanto es posible y con tales excesos de amor, sin estar obligado a ello?” (El amor de la sabiduría eterna, p. 92)
Ojalá que nosotros, fieles a la verdad bíblica recogida, interpretada y hecha vida en la comunidad de los creyentes, podamos vivir y morir como verdaderos locos de la Vera Cruz y enamorados del Señor que desde ella reina Crucificado. Así sea.

