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Si se Pierde un Hermano...

Si se pierde un hermano,

si se pierde un hijo,

si se pierde el vecino,

el compañero, el amigo o el enemigo... ¿qué he de hacer, Dios mío?

 

Lo buscaré sin descanso, día y noche,

por senderos, charcos y bosques,

playas y desiertos, montañas y valles,

pueblos y ciudades e inhóspitos lugares,

con mis pies cansados y corazón anhelante.

 

Lo llamaré, con mi voz rota, por su nombre

y no cejaré hasta encontrarlo y abrazarlo;

y le diré con ternura y pasión de hermano:

Estoy preocupado y angustiado por tí

y siento que nuestras vidas necesitan dialogarse.

 

Y si no se detiene y me da la espalda,

o hace oídos sordos a mis palabras,

o me desafía con los hechos o su mirada,

juntaré, antes que oscurezca, la ternura de

dos o más para ahogar su resistencia con fraternidad desbordada.

 

Y si el fuego de tu Espíritu y de los hermanos

no hace mella en sus gélidas entrañas,

juntaré centenares de cálidos hogares

para que alumbren su noche oscura

y derritan sus hielos invernales.

 

Y si tal torrente de ternura, gracia

y respeto no doblega su tronco altivo y yermo,

lo cubriré con mi ropa para protegerlo

y lo lavaré sin descanso con mis lágrimas

hasta cicatrizar sus heridas y devolverle la alegría.

 

Y si a pesar de ello no sigue tu camino,

le perdonaré como tú nos enseñaste;

y si es preciso me convertiré en rodrigón

de su vida, historia y suerte,

renunciando a otros proyectos personales.

 

Y así ganaré a mi hermano y la vida que nos prometiste.

 

¡Bendito seas, Señor, que nos haces fuertes

para curar y ser curados, hoy y siempre,

para amar al hermano y ser por él amados!

¡Bendito seas, Señor, por invitarnos a crear,

vivir, salvar y cultivar la fraternidad!

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