Javascript DHTML Drop Down Menu Powered by dhtml-menu-builder.com
"Os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor" (Lc 2,11)

La concepción inmaculada de María, que celebramos al comienzo de este mes de diciembre, recibe todo su sentido de la Navidad: a esta mujer el Espíritu Santo de Dios le libró de todo pecado desde siempre para que fuera una digna madre del Mesías, el Señor.

"Ella dio a luz un hijo, a quien le puso por nombre Jesús" (Mt 1,25).

El que puso al niño el nombre de Jesús fue José, el esposo de María, padre legal y educador de Jesús. Otro caso, como el de María, como el de Jesús, de ser humano para el que vivir es hacer lo que Dios le pide: aceptar a María y no rechazarla, acompañarla en el nacimiento, huir a Egipto y volver de Egipto, ocuparse del niño y ayudarle a hacerse poco a poco un hombre maduro (Lc 2,51).

Cómo fue la vida diaria de aquella pequeña familia (la llamamos Sagrada, con razón) no nos lo dice el evangelio, y no lo sabemos. Pero es fácil imaginarla en sus detalles: trabajo, vida sobria, buenas relaciones con los vecinos, oración, y amor, mucho amor mutuo. Y lo que es más importante: tres seres humanos para quienes el hacer la voluntad de Dios es tan importante como el respirar. ¿De quién lo aprendería aquel hijo que, ya adulto, podía decir que su alimento, lo que le hacía vivir, era hacer la voluntad del Padre?.

Cuatro veces nos informa san Mateo (mt 1,24;2,14;2,21;2,22) sobre la obediencia de San José a lo que le pide "el ángel de Dios" (Dios mismo); se trata las cuatro veces de aceptar cosas dolorosas y fatigosas, ante las que José no se echa atrás: aceptar a una esposa aparentemente infiel, huir a Egipto como emigrantes perseguidos, volver de Egipto, marchar a Nazaret. Teniendo tal padre no le resultaría difícil al niño aprender poco a poco a crecer en sabiduría, edad, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52).

Y menos aún le resultaría difícil teniendo tal madre. Pues nueve meses antes de que naciera él mismo, su madre, apenas salida de la adolescencia, ya hizo la gran entrega de su vida ("aquí está la esclava del Señor") para lo que le pudiera suceder más tarde. Pronto se lo diría el anciano Simeón: "Una espada te atravesará el alma" (Lc 2,35). En el fondo del establo, dice un villancico popular, se adivina la figura de una cruz. Cuando llegó el momento de la cruz, no ya en figura sino en realidad, allí estaba de pie la madre que unos treinta años antes había dado a luz en un establo al Salvador del mundo...

No olvidemos, al celebrar con gozo y alegría el nacimiento de nuestro Salvador y Señor, la gran lección que nos dan las tres figuras principales del nacimiento: toda su grandeza se fundamenta en su sumisión a la voluntad de Dios.