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Meditación sobre la Virgen María

"A los hambrientos colmó de bienes, y despidió a los ricos sin nada"

"Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres" (Lc 4,18)

Cuando al principio de su vida pública habló Jesús en la sinagoga de Nazaret para decir a sus paisanos, y al mundo en general, para qué Dios se había hecho hombre en él mismo, les dijo: "El Señor me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva…, a dar libertad a los oprimidos…".

 
Vera-Cruz Cádiz

Cuando Jesús dice "dichosos los pobres", ¿qué quiere decir? ¿No parece que en nuestra sociedad son precisamente los pobres los menos dichosos? Pero Dios no mira con los mismos ojos que nosotros. Para él no son los ricos los dichosos, a pesar de que así nos lo parezca, sino los pobres. Los pobres son los preferidos de Dios, sus hijos más amados. Por eso puede añadir también con palabras inequívocas que "un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos" (Mt 19,23).

No otra cosa dice su madre, la Virgen María, en el Magníficat. Ahora bien: ¿no sería ella misma la que enseñó a su hijo estas cosas? A veces podemos pensar que como Jesús era también Dios lo sabía todo desde siempre. Pero olvidamos que, como era también hombre verdadero, desde que nació tuvo que ir aprendiendo poco a poco, como todo ser humano, a andar, a comer, a hablar, a rezar… Dice San Lucas que cuando a los doce años volvió con sus padres a Nazaret después de "perderse" en el templo, Jesús "seguía creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc 2,32).

María, aquella privilegiada "gloria de Jerusalén y alegría de Israel", sin duda conocía muy bien la historia de su pueblo, redimido por Yahvé y liberado de la esclavitud de Egipto "con brazo poderoso", un pobre pueblo, de esclavos pobres, sometidos a una explotación sin piedad. Es muy fácil imaginar sin equivocarse a la Virgen María, y también a José, hablando al niño Jesús según iba creciendo, de las "maravillas" que había hecho Dios por su pueblo a lo largo de los siglos: "Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes".

En el momento de la Ascensión anuncia Jesús que el evangelio, la salvación, es para todas las naciones, y no solo para el pueblo de Israel (Mt 28, 19-20). Eso lo sabía su madre y lo anunció en el en el Magníficat: "Dios se acordó de su misericordia a favor de Abrahán y su descendencia." Como se le dijo ya al mismo Abrahán (Gn 19,3), la bendición de Dios no es sólo para su descendencia biológica, sino para todos aquellos que, como Abrahán se dejan llevar por la fe y la obediencia a Dios, como lo hizo María. A partir del nacimiento de su hijo la salvación se centra en la fe en Jesús, el Cristo, y en la obediencia a sus mandatos, sobre todo al nuevo mandamiento del amor: "que os améis unos a otros como yo os he amado".

Para la revisión de nuestra vida

Se nos ha dicho desde niños que debemos imitar a María en sus muchas virtudes. Pero tal vez no se nos haya dicho que tenemos que aprender de ella ciertas actitudes, por ejemplo su clara preferencia por los pobres como aquellos a quienes Dios ama de modo muy especial. ¿Pensamos así también nosotros?.

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